Hacer la patria


Desde el noroeste argentino, varias muchachas de pelo oscuro y ojos tristes cargadas con bolsos llenos de ropa, costumbres e ilusiones desembarcan en la gran ciudad. La nueva casa tiene todo lo que ellas no conocen y  lejos quedan los platos de loza y las grandes cacerolas. La fascinación por lo nuevo las deja con las bocas abiertas y las trenzas a medio armar.
La casa les abre sus puertas para progresar, para cambiar de aire, y entre labor y labor el peso de la superioridad se hace notar cada vez mas.
La mano fría del “Señor” se mete entre las polleras y la sienten sobre la piel curtida y seca por las largas tardes de trabajo en su tierra madre. Comienza en el muslo firme y alimentado y sube hasta la cintura, al mismo tiempo que la ira y la impotencia crecen y se amontonan en la garganta. El grito se hace filoso y como un cuchillo les corta la faringe cuando tratan de acallarlo mientras una sombra la tira sobre una cama y obra a su gusto.
Las jóvenes obedecían día a día las órdenes de la “señora” y complacen silenciosas los deseos del “señor”. La tristeza de sus caras se agraba y sus ojos caidos se entornan invadidos de bronca e inferioridad.
El desdichado destino de las chicas de la limpieza, como gustan llamar las dueñas de casa, es conocido en el centro del país donde se cree que es la totalidad y que las provincias son colonias explotables. Todos saben, pero todos callan o repiten.

Texto basado en el escrito por Elena Poniatowska: "Ángeles de una noche"

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