La frustración se agolpaba en los pechos esperanzados de profesión
de los jóvenes que dejaban sus hogares para mudarse a la gran ciudad. La ciudad
que les daría una identidad, un titulo universitario, un lugar en la sociedad en
la que aún no formaba parte. Dejaban atrás al niño que dependía de la orden de
su padre para transformarse en hombre, responsable de sus actos, jefe y
súbdito, espía y testigo de su propio accionar.
Las paredes ajeadas, empapadas de años, de años de vigencia,
de años de estudio, eran quienes recibían a los nuevos visitantes. Su piel
albiceleste denotaba su desgaste, su vejez. En sus ladrillos aun resonaban las
infinitas voces de los estudiantes que las utilizaron como puente directo,
sacrificado, que los llevaba de la adolescencia a la adultez.
El incipiente estudiante, recibía un abrazo frío, una
bienvenida poco cálida, una desazón que afortunadamente no opacaba su vocación,
sus ansias de pronta personificación del deseo en realidad.
Los primeros días los transcurren entre presentaciones,
nuevas amistades, asombro ante lo desconocido. Son días de que recordaran
cuando viejos, fotos mentales que guardaran toda su vida.
El malestar se hizo mayor cuando una voz tenue y
desinteresada comunicaba terminantemente que llegaba el momento de ser nómades.
Contaban con estudios, capacitación, personal entrenado para moldear a un nuevo
profesional, pero no tenían cimientos.
No se generaría sentido de pertenencia, de sentimiento por la
institución. Atrás quedaban las paredes tristes y asomaban las alegres y
coloridas esteras del nuevo centro de encuentro. El préstamo tácito y
conformista de un lugar que no es el indicado, que no es el adecuado, que
simplemente no es.
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